lunes, 3 de noviembre de 2008

La muerte, esa palabra...

He escrito un artículo para el periódico escolar. Aquellos que me conocen ya estarán familiarizados con algunas de las ideas aquí expuestas; decidí publicar este texto en el blog para los lectores que no estudian en la UNLA. Gracias a Vesper Lindarien y a Cronos por facilitarme algunos versos :-) Sólo quiero agregar algo que he reflexionado en el último año. Mientras más cerca hayas estado de la muerte emocional, después te sientes más vivo. 


La muerte intelectual


I saw the best minds of my generation destroyed by

madness, starving hysterical naked…

Tal vez por ser mexicana y por haber crecido riéndome de la muerte, la muerte fisiológica no me asusta; la veo como flujo de materia y energía, como el fin de un ciclo y el inicio de otro. La muerte cultural me parece mucho más terrible. Una época dominada por seres más cercanos a un androide que a un humano, casas de plástico, comida de microondas y pantallas dictando órdenes… esto parece material para una novela de ciencia-ficción, pero lo cierto es que ya no está lejos de la realidad. Muchas veces he platicado con jóvenes librepensadores si estaremos entrando a un Neoscurantismo; los hombres nacen ciegos y sordos a la belleza, despreciando los libros y el conocimiento, conectados a una pantalla, y lo que vimos como progreso tecnológico se ha convertido en la decadencia de la humanidad.


Let down and hanging around…

A principios de este año, leí un artículo sobre un experimento que realizaron el violinista Joshua Bell y el periodista Gene Weingarten. Joshua Bell es uno de los grandes violinistas de nuestro tiempo: Grabó el soundtrack de la película El violín rojo, es el orgulloso poseedor de un Stradivarius, y para él no es un reto llenar las grandes salas de conciertos como La Scala de Milán o el Carnegie Hall de Nueva York. ¿Podría hacerse oír en una estación de metro, a las ocho de la mañana, entre viajeros apresurados? Joshua se vistió como músico callejero, sacó su violín Stradivarius, y comenzó a tocar algunas de las obras maestras del repertorio violinístico – entre ellas la imponente Ciaccona en Re menor de J.S. Bach, una pieza de gran fuerza espiritual que crece hasta llegar a la máxima gloria del virtuoso, el compositor y el instrumento al mismo tiempo. ¿Qué sucedió? La gente del siglo XXI ya no puede detenerse a escuchar a un violinista. En poco menos de una hora, el músico recibió algunos dólares, pero nadie cedió ante la música.[1]


I’d show them the stars and the meaning of life

They’d shut me away…

Los llaman nerds, cerebritos, ratones de biblioteca. Aquellos que, como Mallarmé, piensan que el mundo existe para llegar a un libro, y de noche ven las estrellas, no la televisión. Un joven biofilósofo, amigo mío, dice que donde se queman libros se termina quemando a la gente.[2]


La prórroga perpetua, el paso siguiente, el otro, el otro…

El conocimiento es como la Hidra: Si le cortas una cabeza, le crecerán otras dos. Los librepensadores trepan sobre la espalda de sus predecesores para llegar cada vez más alto. Este espíritu filosófico ha caracterizado a los humanos durante milenios, ¿y si estuviera perdiéndose? No quisiera parecer fatalista. Estoy convencida de que uno debe instruirse para evitar convertirse en un androide obediente y fácil de aplastar. Si otro mundo, otro México es posible, sólo puede lograrse mediante educación.


La fuga y el fénix

Cuando la muerte intelectual parece cercana, escucho a Bach y pienso que si se conservara un fragmento de esta música, poco importa que la civilización humana se desmorone, bastaría el contrapunto de Bach para reconstruir todo.



[1] Si te interesa leer el artículo completo (en inglés), consulta esta dirección:

http://morelia-montparnasse.blogspot.com/2008/07/perlas-antes-del-desayuno.html

[2] Me gustaría hablar más sobre el culto a los libros, pero Borges lo dice mucho mejor que yo. Jorge Luis Borges. Del culto de los libros, en Otras inquisiciones. Emecé Editores. Buenos Aires, 2005. Pág. 163-170. 

1 comentario:

Vesper Lindärien dijo...

Ahh...Ginsberg...
Era un genio...
y taaaaaan gay...
Tendrá algo que ver que los genialmente...geniales son unos raros inadaptados más conscientes del mundo que la media común?...

Sublime...